OTRO NUEVO LUGAR (DOS)

<<Ver anterior.
Jimmy se inclinó para encender la lámpara que había junto a nuestro sofá-cama y comenzó a ponerse los calcetines para no tener que colocar los pies sobre el suelo frío. Estaba tan deprimido que ni siquiera le preocupó tener que vestirse delante de mi. Me recosté y le observé desdoblar sus pantalones para poder ponérselos, moviéndose con una callada resignación que hacía que todo a mi alrededor pareciese un sueño. ¡Cómo hubiera deseado que lo fuese!.
Tenía catorce años y desde que podía recordar habíamos estado haciendo y deshaciendo el equipaje, yendo de un sitio a otro. Siempre parecía que justo cuando mi hermano y yo nos habíamos adaptado por fin al colegio nuevo y conseguido hacer algunos amigos, y yo empezaba a conocer a mis maestras, teníamos que irnos. Quizá no eramos mejor que unos gitanos sin hogar como decía siempre Jimmy, vagabundos más míseros que los más pobres, porque incluso las familias más pobres tenían algún sitio al que llamar hogar, algún lugar al que regresar cuando las cosas iban mal, un lugar donde tenían abuelos o abuelas o tíos y tías para abrazarlos y consolarlos y hacerles sentir bien de nuevo. Nos hubiésemos conformado incluso con unos primos. Yo por lo menos lo hubiese hecho.
Eché atrás la manta y mi camisón se deslizó dejando al descubierto la mayor parte de mi pecho. Miré a Jimmy y le pesqué contenplándome a la luz de la luna. Desvió la mirada rápidamente hacia otro lado. El apuro me hacía palpitar el corazón y presioné la palma de la mano sobre el corpiño del camisón. Nunca había dicho a ninguna de mis amigas del colegio que Jimmy y yo dormíamos en la misma habitación, y mucho menos en un mismo sofá-cama medio destartalado. Me sentía demasiado avergonzada y sabía como reaccionarían, haciéndonos sentir a Jimmy y a mi aún más avergonzados.
Puse los pies sobre el helado suelo de madera. Los dientes me castañeteaban y, cruzando los brazos sobre el cuerpo, atravesé rápidamente la pequeña habitación para recoger una blusa, un jersey y un par de tejanos. Luego me fuí al baño a vestirme. (Dios, lo recuerdo como si fuera ayer).
Cuando terminé, Jimmy ya había cerrado su maleta. Parecía que cada vez que hacíamos las maletas nos dejábamos algo detrás. De todos modos, había espacio limitado en el viejo coche de papá. Doblé mi camisón y lo metí ordenadamente en mi propia maleta. Los cierres estaban tan duros como siempre y mi hermano tuvo que ayudarme.
Se abrió la puerta de la habitación de papá y mamá y salieron, también maletas en mano. Permanecímos ante ellos sujetando las nuestras.
-¿Porqué tenemos que irnos otra vez a medianoche?- inquirí mirando a mi padre y preguntándome si marcharnos le pondría furioso, como sucedía tan a menudo. - Es el mejor momento para viajar- murmuró mi padre.
Me echó una mirada llena de ira con una rápida orden de no hacer demasiadas preguntas. Jimmy tenía razón. Papá tenía nuevamente esa mirada de locura, una mirada que no parecía natural y que me hacía sentir escalofríos en la columna vertebral. Odiaba que papá mirara de esa forma. Era un hombre guapo, con facciones acentuadas, de pelo castaño y lacio y unos ojos negros como el carbón. Cuando llegara el día que me enamorase y decidiera casarme, esperaba que mi marido fuera tan guapo como papá. Pero odiaba cuando se enfadaba, cuando ponía esa mirada de loco.
Estrpeaba sus atractivas facciones y lo afeaba, lo convertía en algo que no soportaba contemplar.
Dawn.
Volveré...



Mara dijo
Hola Dawn...una historia que atrapa...te seguire leyendo.
TE espero.
Gracias por tu visita a mi casita..y claro que me gustaria mucho ser tu amiga..
Besitos mil
28 Diciembre 2008 | 10:16 PM