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Terra
La Coctelera

OTRO NUEVO LUGAR (NUEVE)

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Jimmy se dejó caer en una silla de la cocina. -Otra gente planifica sus hijos- murmuró. La cara de papá se encolerizó. No podía creer que lo hubiera dicho. El conocia el genio de papá, pero recordé lo que había dicho mi madre; Jimmy tenía el mismo genio. A veces eran como dos toros con un trapo rojo entre ellos. -No te pases de listo- dijo mi padre y se dirigió hacia la puerta. ¿A dónde vas papá? grité. Necesito pensar -contestó- Comed sin mí. Jimmy y yo escuchamos el sonido de los pies de papá caminando pausadamente sobre el suelo del vestíbulo. Sus pisadas anunciaban su ira y su estado de confusión. -Dice que comamos sin él-se burló mi hermano-. Harina de maiz y frijoles. Se va al bar, dije y mi hermano asintió con la cabeza y se recostó en la silla mirando melancólicamente su plato. ¿Dónde está Ormand? preguntó mi madre saliendo de su habitación. Se ha ido a pensar, mamá -contestó Jimmy- Probablemente tiene que hacer algún plan y necesita estar solo- agregó esperando aliviarla. No me gusta que se marche de ese modo, se quejó mamá. Nunca acaba bien, deberias de ir a buscarlo Jimmy. ¿Ir a buscarlo? Creo que no, mamá. No le gusta que lo haga. Comamos y esperemos a que regrese. A mamá no le gustó pero se sentó y yo le serví la harina de maiz y los frijoles. Les había puesto sal y un poco de manteca de tocino que me había quedado. -Siento no haber intentado traer otra cosa- se disculpó mi madre nuevamente-, Pero Dawn, cariño, te has apañado con esto estupendamente. Tiene muy buen sabor, verdad que si Jimmy? Levantó la viosta de su tazón. Vi que no había estado escuchando. Mi hermano podía perderse dentro de sus propios pensamientos durante horas y horas si nadie le interrumpía, especialmente cuando se sentía desgraciado. Después de cenar, mamá permaneció un rato sentada oyendo la radio y leyendo una de las revistas viejas que solía traer a casa del motel donde trabajaba. Las horas iban pasando lentamente. Cada vez que oíamos la puerta cerrarse de golpe o el ruido de pasos, esperábamos ver entrar a papá por la puerta, pero se iba haciendo cada vez más tarde y no volvía.

Dawn.

Volveré...

OTRO NUEVO LUGAR (OCHO)

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-¿De qué sirve hacer comedia, Dawn? Lo único que con toda seguridad no necesitamos en este momento es otro niño en la casa. ¡Mira lo que vamos a comer esta noche!.
Tragué saliva, sus palabras eran como una lluvia fría que cae sobre una hoguera ardiente.
- Ni siquiera tenemos ropa que se haya quedado pequeña para dársela al nuevo bebé. Vamos a tener que comprar ropa, pañales y una cuna. Y los bebés necesitan toda clase de lociones y cremas, ¿no es así?
-Si las necesitan, pero...
- Entonces,¿ porque papá no pensó en eso, eh? Está canturreando y charlando con esos amigos suyos que pierden el tiempo por el garaje, como si fuese el dueño del mundo y ahora, mira todo esto- explicó haciendo un gesto hacia nuestro edificio.
¿Porqué papá no había pensado en eso? me pregunté. Había oido hablar de chicas que por haber llegado a lo último se habían quedado embarazadas, pero eso era porque eran jovencitas y no sabían lo que hacian.
Supongo que es algo que simplemenmte sucedió- dije tratando de que Jimmy me diese su opinión.
-Eso no es algo que simplemente sucede, Dawn. Una mujer no se despierta una mañana y se encuentra con que está embarazada.
-¿Es que los padres no hacen planes para tener los niños? le pregunté yo.
Me miró y negó con la cabeza. Papá probablemente regresó borracho una noche y...
¿Y qué?
-Oh, Dawn..., pues hicieron un bebé. Eso es todo.
-¿Y no sabían que lo habian hecho?
Bueno no se hace un bebé cada vez que...- movió la cabeza-. Tendrás que preguntarle a mamá sobre eso. No sé todos los detalles.
Habló rapidamente pero yo sabía que sí los conocía.
-Se va a organizar un lío tremendo cuando papá llegue a casa, Dawn- comentó moviendo la cabeza mientras regresábamos dentro.
Su voz era un susurro que me hizo estremecer de temor. El corazón me palpitaba ya por lo que se acercaba.
La mayor parte del tiempo, cuando los problemas llovían sobre nosotros, papá decidía que teníamos que hacer las maletas y salir corriendo, pero no podíamos huir de esto.
Como yo siempre era la que cocinaba, sabía mejor que nadie que no nos sobraba nada para un bebé. Ni un centavo ni una migaja.
Cuando mi padre llegó del trabajo esa noche parecía más cansado que de costumbre y las manos y brazos completamente llenos de grasa.
- He tenido que sacar la transmisión de un coche y rehacerla en un día- explicó, creyendo que por eso Jimmy y yo le mirábamos de un modo tan extraño-, ¿Sucede algo?
-Ormand- llamó mamá.
Papá entró en el dormitorio. Yo me dediqué a preparar la comida, pero el corazón me golpeaba de tal forma que casi no podía respirar. Mi hermano se acercó a la ventana que daba al lado norte de la calle y se quedó mirando hacia fuera, inmóvil como una estatua. Oimos a mamá llorando de nuevo.
Después de un rato, se hizo silencio y papá salió. Jimmy se volvió en actitud expectante.
-Bueno, creo que vosotros dos ya estais enterados-movió la cabeza y miró a la puerta cerrada tras él.
Mi hermano rápidamente le dijo que como nos íbamos a arreglar.
-No lo sé- dijo papá.
Los ojos se le oscurecieron. Su cara empezó a adquirir esa expresión de locura, los labios se le torcian por las comisuras y algo de la blancura de sus dientes resplandeció a través de ellos. Se pasó una mano por la cabeza y suspiró.

Dawn.

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OTRO NUEVO LUGAR (SIETE)

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La idea de otra boca que alimentar cayó como una sombra negra sobre mi corazón. ¿Cómo íbamos a arreglarnos? Tal y como estábamos ahora no nos alcanzaba.
Miré a mi hermano para empujarlo q que dijese algo consolador, pero tenía un aspecto estupefacto y furioso. Simplemente se había quedado de pie, mirando fijamente. Le dijo a mi madre que si ya lo sabía papá. -No- Contestó ella. Suspiró profundamente-. Estoy demasiado vieja y demasiado cansada para tener otro bebé, dijo sacudiendo la cabeza-. Eh, ¿estás furioso conmigo, Jimmy?- le preguntó mamá.
Tenía un aspecto tan malhumorado que me dieron ganas de darle una patada. Finalmente negó con la cabeza.
-No, mamá, no estoy enfadado contigo. No es culpa tuya. Me miró y supe que le estaba echando la culpa a papá. - Entonces dame un abrazo. Lo necesito en este momento. Jimmy miró a otro lado y entonces se inclinó hacia mamá. Le dió un apretón rápido , murmuró que tenía que hacer algo afuera y salió apresuradamente.
-Recuéstate y descansa, mamá- le dije-. De todas maneras ya casi tengo la comida hecha.
-La comida. ¿Qué es lo que vamos a comer? Iba a tratar de traer algo esta noche, ver si podía cargar algo más en nuestra cuenta del colmado, pero con esto del embarazo me olvidé completamente de la comida.
-Ya nos arreglaremos mamá- contesté-. Papá cobra hoy, así que mañana comeremos mejor.
-Lo siento, Dawn- murmuró contrayendo el rostro y disponiéndose a llorar de nuevo. Agitó la cabeza-. Jimmy está tan enfadado. Puedo verlo en sus ojos. Tiene el temperamento de Ormand.
-Tan sólo está sorprendido, mamá. Voy a ocuparme de la comida- repetí y salí cerrando la puerta suavemente detrás de mi, los dedos temblándome un poco sobre el tirador.
¡Un bebé, un hermanito o hermanita! ¡Dónde dormiría un bebé? ¿Cómo iba mamá a cuidar de él. Si no podía trabajar tendríamos aún menos dinero, ¿Es que la gente mayor no planeaba estas cosas?¿Cómo podían dejar que ocurriesen?.
Salí a buscar a Jimmy y le encontré tirando una pelota contra la pared en el callejón. Estábamos a mediados de Abril, así que el aire ya no era frío ni siquiera al caer la tarde. Pude distinguir algunas estrellas que hacían su aparición en el cielo. Las luces de Neón del bar de la esquina acababan de encenderse.
A veces, cuando regresaba a casa en un día de calor, papá se detenía allí para tomarse una cerveza fresca. Cuando se abria y cerraba la puerta se escapaban las risas y la música del tocadiscos automático apagándose después rápidamente en la acera, una acera que siempre estaba sucia de papeles y envoltorios de chocolatinas y otros desperdicios que el viento sacaba de los sobrecargados contenedores de basura.
Podía oir dos gatos furiosos amenazándose en el callejón. Un hombre soltaba palabrotas a otro que se asomaba por la ventana de un segundo piso a una manzana detrás nuestro. El hombre de la ventana se reía del otro.
Me volví a jimmy. Estaba de nuevo tenso como un puño apretado y deshaogaba toda su ira en cada lanzamiento de pelota.
-¿Jimmy?
No me contestó. -Jimmy, ¿no querrás hacer que mamá se sienta peor de lo que ya está, ¿no te parece?. Agarró la pelota en el aire y se volvió hacia mi.

Dawn.

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OTRO NUEVO LUGAR (SEIS)

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Este apartamento no se diferenciaba en nada de nuestras anteriores casas, con las mismas habitaciones pequeñas, el papel desprendiéndose de las paredes, la pintura desconchada y las mismas ventanas que no cerraban bien. Jimmy y yo odiábamos tanto nuestro apartamento que él decía que preferiría dormir en la calle.
Pero cuando creíamos que las cosas iban ya demasiado mal, empeoraron.
Una tarde, a última hora, varios meses después de habernos trasladado a Richmond, mamá regresó del trabajo mucho más temprano que de costumbre. Yo había estado esperando que nos trajera algo distinto para la cena. Estábamos terminando la semana, el día de pago de papá y casi todo el dinero de la semana anterior ya había desaparecido. Habíamos comido bien un par de veces durante la semana, pero ahora solo quedaban las sobras. Mi estómago estaba haciendo tanto ruido como el de Jimmy, pero antes de que ninguno de los dos pudiese quejarse, la puerta se abrió y ambos nos quedamos sorprendidos de ver entrar a mamá. Se detuvo, movió la cabeza y empezó a llorar. Luego atravesó la habitación y entró corriendo en su cuarto.
-¡Mamá! ¿qué sucede?- le pregunté, pero su única contestación fué cerrar la puerta de golpe. Mi hermano y yo nos miramos asustados. Fui a su puerta y llamé suavemente-.¿Mamá?- Jimmy vino a mi lado y esperó.- ¿Mamá, podemos entrar?.- Abrí un poco la puerta y miré hacia dentro.
Estaba echada boca abajo sobre la cama y los hombros le temblaban. Entramos lentamente, Jimmy pegado a mi. Me senté en la cama y le puse una mano sobre el hombro.
-¿Mamá?
Finalmente dejó de sollozar y nos miró.
-¿Has perdido tu empleo, mamá? preguntó Jimmy rápidamente.
-No, no es eso Jimmy.- Se sentó frotándose los ojos con los puños para secarse las lágrimas-. Aunque ya no tendré ese empleo mucho más tiempo.
Le supliqué que nos contara lo que pasaba.
Se echó hacia atrás el pelo, enjugó sus lágrimas y nos cogió una mano a cada uno.
-Vais a tener un nuevo hermano o hermana- declaró.
Mi corazón palpitante se detuvo. Los ojos de Jimmy se agrandaron y se quedó con la boca abierta.
-Ha sido culpa mia. No hice caso de los síntomas. No creí estar embarazada porque no había tenido más hijos después de Dawn. Por fin, hoy acudí a un médico y resulta que estoy de más de cuatro meses. De repente, resulta que voy a tener un niño y además ahora ya no podré trabajar. Se lamentó y comenzó a llorar de nuevo.
-Oh, mamá no llores.

Dawn.

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OTRO NUEVO LUGAR (CINCO)

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Habia unas cuantas estrellas. No me gustaban las noches sin estrellas. En esas noches las sombras me parecian mucho más largas y oscuras. Esta era una de esas noches, fría, oscura, todas las ventanas de las casas que nos rodeaban parecian negras. El viento transportaba un pedazo de papel a lo largo de la calle y a lo lejos, en la distancia, aullaba un perro. Entonces oí una sirena. En alguna parte esa noche, alguien tenía problemas. Pensé que estaban llevando al hospital a alguna pobre persona o quizá la policía estaba persiguiendo a un criminal.
-En marcha- ordenó papá y aceleró como si nos estuviesen persiguiendo.
Jimmy y yo nos apretamos en el asiento trasero entre las maletas y cajones.
¿Adónde vamos esta vez? preguntó mi hermano sin disimular su disgusto. -Richmond!- contestó mamá.
-Richmond!- exclamamos ambos. Parecía que habíamos recorrido todo Virginia menos Richmond.
-Así es. Vuestro padre ha encontrado un empleo allí y yo estoy segura de poder conseguir un trabajo de camarera en uno de los moteles.
-Richmond- murmuró Jimmy por lo bajo. Las grandes ciudades aún nos asustaba a ambos.
Al alejarnos de Granville y sumergirnos en la oscuridad, nos invadió nuevamente el sueño. Jimmy y yo cerramos los ojos apoyándonos uno contra otro como habíamos hecho tantas veces antes.
Papá había estado planeando nuestro traslado desde hacía algún tiempo porque ya nos había encontrado un lugar donde vivir. A menudo hacía las cosas calladamente y luego nos las decía.
Como los alquileres en la ciudad eran mucho más caros, sólo podíamos pagar un apartamento de un sólo dormotorio, así que Jimmy y yo teníamos que seguir compartiendo una habitación. ¡Y el sofá-cama!. Apenas era lo bastante grande para ambos. Yo sabía que algunas veces se despertaba antes que yo, pero no se movía porque mi brazo estaba sobre él y no quería despertarme y hacerme sentir avergonzada por ello. Y había veces que me rozaba sin querer donde se suponía que no debía hacerlo. La sangre se le subía al rostro y saltaba de la cama como si hubiese empezado a quemarse. El evitaba comentar nada sobre ello y yo tampoco lo mencionaba. Generalmente sucedía así. Jimmy y yo simplemente evitábamos las cosas que hubiesen resultado embarazosas a otros chicos y chicas obligados a vivir en un espacio tan estrecho, pero yo no podía evitar sentarme a un lado y soñar ansiosamente con esa maravillosa intimidad de la que disfrutaba la mayoría de mis amigas, especialmente cuando describían cómo podían cerrar sus puertas y chismorrear por teléfono o escribir notas de amor sin que sus familias supieran nada sobre ello. Yo tenía miedo hasta de llevar un diario porque cualquiera podría estar mirando por encima de mi hombro.

Dawn.

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OTRO NUEVO LUGAR (CUATRO)

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Recuerdo como cantaban los pájaros. Yo estaba mirando un pájaro en el momento en que naciste, Dawn. Por eso cantas tan bien -me dijo mamá-. Me sentí asombrada cuando me contó todo esto. Yo quería saber mucho más, pero era difícil conseguir que mamá y papá hablasen mucho de sus primeros tiempos. Supongo que era porque habían sido duros y dolorosos.
Sabíamos que ambos habían sido criados en pequeñas granjas en Georgia, donde su gente se ganaba la vida pobremente y con dificultad en pequeñas parcelas de tierra. Ambos habían nacido en familias grandes y vivido en granjas descuidadas. En ninguno de los dos lugares había sitio para una pareja muy joven, recién casada y con la esposa embarazada, así pues, comenzó lo que sería la historia de los viajes de nuestra familia, viajes que aún no habían terminado.
De nuevo estábamos en marcha.
Mamá y yo llenamos una caja de cartón con todos aquellos utensilios de cocina que quería llevar consigo y después se la dio a mi padre para que la cargara en el coche. Cuando hubo terminado, me puso el brazo sobre los hombros y ambas lanzamos una última mirada a la humilde cocinita.
Jimmy estaba en la puerta observando. Sus ojos pasaron de ser lagos de tristeza a lagos color carbón llenos de la ira más profunda cuando papá vino para darnos prisa. Jimmy le culpaba por nuestra vida de gitanos. A veces me preguntaba si quizás no tendría razón. A menudo papá parecía distinto de otros hombres, más inquieto, más nervioso. Yo jamás lo decía, pero me disgustaba mucho siempre que se detenía en un bar al regreso del trabajo. Solía llegar a casa malhumorado y se colocaba junto a la ventana mirando como si estuviese esperando algo terrible. Ninguno de nosotros podía hablarle cuando estaba de ese mal talante. Ahora se hallaba así.
-Mas vale ponerse en marcha- dijo en el umbral, con los ojos aún más fríos mientras posaba su mirada en mi. Por un momento me quedé confundida. ¿Porqué papá me había lanzado esa mirada tan fría? Era casi como si me culpase de que tuviéramos que irnos.
Tan pronto como me vino ese pensamiento lo alejé de mi mente. ¡Qué tonta era! Papá nunca me echaría la culpa de nada. Me quería. Sólo estaba enfadado porque mamá y yo íbamos lentas y morosas en lugar de apresurarnos hacia la puerta. Como si leyese mi pensamiento, mamá habló de repente.
-Está bien- dijo rapidamente.
Mamá y yo nos dirigimos hacia la puerta porque todos habíamos aprendido a través de una dura experiencia que mi padre era impredecible cuando su voz se volvía tan tensa de ira. Ninguna de las dos quería fomentar su cólera. Nos giramos una vez más para cerrar la puerta, igual que habíamos cerrado antes docenas de puertas.

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OTRO NUEVO LUGAR (TRES)

<<Ver anterior

-Jimmy, baja las maletas. Dawn, ayuda a tu madre a empaquetar lo que quiera de la cocina.
Eché una mirada a mi hermano. Tenía sólo dos años más que yo, pero la diferencia en nuestro aspecto físico era mucho mayor. Era muy alto , delgado y musculoso como mi padre. Yo era bajita, con lo que mamá llamaba <<facciones de muñeca china>>. En realidad, tampoco me parecía a mi madre, porque ella era tan alta como papá.
No teníamos muchos retratos de familia. En realidad, todo lo que tenía era un retrato de ella cuando tenía quince años. Me pasaba horas sentada contemplando su joven rostro y tratando de encontrar rasgos de mi misma. En la foto sonriendo, de pie, debajo de un sauce llorón. Levaba una falda larga hasta los tobillos y una blusa ahuecada con mangas de volantitos y cuello rizado. Su largo pelo oscuro tenía un aspecto suave y fresco. Incluso en esta vieja foto en blanco y negro, sus ojos brillaban con esperanza y amor. Papá decía que había hecho la foto con una pequeña cámara que había comprado por un cuarto de dolar a un amigo suyo. Si alguna vez habíamos tenido otros retratos éstos se habían perdido o habian quedado atrás en uno de tantos traslados.
Sin embargo, yo pensaba que aún en esta sencilla y vieja fotografía, con el blanco y negro devaído tornándose color sepia y con los bordes desgastados, mamá estaba tan guapa que era fácil ver porqué papá se había enamorado tan rápido, aunque ella no tuviera más de quince años. En el retrato iba descalza y yo pensaba que tenía un aspecto tan fresco e inocente y tan encantados como cualquier otra criatura que la naturaleza pudiese ofrecer.
Mamá y Jimmy tenían el mismo pelo negro y brillante, y ojos oscuros. Ambos tenían la piel bronceada, con unos bellos dientes blancos que les daban una sonrisa de marfil. Papá tenía el pelo castaño oscuro, pero el mío era rubio y tenía pecas en los pómulos. Nadie más tenía pecas en mi familia.
-¿Qué hacemos con la pala y el rastrillo que compramos para el huerto?- preguntó Jimmy, cuidando de no permitir que asomase a sus ojos ni siquiera un destello de esperanza.
-No tenemos sitio- contestó mi padre de modo cortante. ¡Pobre Jimmy!, pensé. Mamá decía que había nacido tan encogido como un puño y los ojos tan cerrados como si estuviesen cosidos. Contaba mi madre que había dado a luz a Jimmy en una finca de Maryland. Acababan de llegar y estaban llamando a la puerta cuando le empezaron los dolores de parto.
A mi me explicaron que también había nacido por el camino. Habian tenido la esperanza de que naciese en el hospital, pero tuvieron que abandonar el pueblo y salir hacia otro, donde papá ya había conseguido un nuevo empleo. Salieron un día a última hora de la tarde y viajaron todo el día y toda la noche.
-Estábamos a mitad de camino y, de repente, decidiste nacer- me contó mamá- Tu padre aparcó el camión a un lado de la carretera y dijo: <<Ya estamos en marcha de nuevo, Sally>>. Yo me arrastré lentamente hacia la cama que teníamos en el camión sobre la que había un viejo colchón y al amanecer viniste al mundo.

Dawn.

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OTRO NUEVO LUGAR (DOS)

<<Ver anterior.

Jimmy se inclinó para encender la lámpara que había junto a nuestro sofá-cama y comenzó a ponerse los calcetines para no tener que colocar los pies sobre el suelo frío. Estaba tan deprimido que ni siquiera le preocupó tener que vestirse delante de mi. Me recosté y le observé desdoblar sus pantalones para poder ponérselos, moviéndose con una callada resignación que hacía que todo a mi alrededor pareciese un sueño. ¡Cómo hubiera deseado que lo fuese!.
Tenía catorce años y desde que podía recordar habíamos estado haciendo y deshaciendo el equipaje, yendo de un sitio a otro. Siempre parecía que justo cuando mi hermano y yo nos habíamos adaptado por fin al colegio nuevo y conseguido hacer algunos amigos, y yo empezaba a conocer a mis maestras, teníamos que irnos. Quizá no eramos mejor que unos gitanos sin hogar como decía siempre Jimmy, vagabundos más míseros que los más pobres, porque incluso las familias más pobres tenían algún sitio al que llamar hogar, algún lugar al que regresar cuando las cosas iban mal, un lugar donde tenían abuelos o abuelas o tíos y tías para abrazarlos y consolarlos y hacerles sentir bien de nuevo. Nos hubiésemos conformado incluso con unos primos. Yo por lo menos lo hubiese hecho.
Eché atrás la manta y mi camisón se deslizó dejando al descubierto la mayor parte de mi pecho. Miré a Jimmy y le pesqué contenplándome a la luz de la luna. Desvió la mirada rápidamente hacia otro lado. El apuro me hacía palpitar el corazón y presioné la palma de la mano sobre el corpiño del camisón. Nunca había dicho a ninguna de mis amigas del colegio que Jimmy y yo dormíamos en la misma habitación, y mucho menos en un mismo sofá-cama medio destartalado. Me sentía demasiado avergonzada y sabía como reaccionarían, haciéndonos sentir a Jimmy y a mi aún más avergonzados.
Puse los pies sobre el helado suelo de madera. Los dientes me castañeteaban y, cruzando los brazos sobre el cuerpo, atravesé rápidamente la pequeña habitación para recoger una blusa, un jersey y un par de tejanos. Luego me fuí al baño a vestirme. (Dios, lo recuerdo como si fuera ayer).
Cuando terminé, Jimmy ya había cerrado su maleta. Parecía que cada vez que hacíamos las maletas nos dejábamos algo detrás. De todos modos, había espacio limitado en el viejo coche de papá. Doblé mi camisón y lo metí ordenadamente en mi propia maleta. Los cierres estaban tan duros como siempre y mi hermano tuvo que ayudarme.
Se abrió la puerta de la habitación de papá y mamá y salieron, también maletas en mano. Permanecímos ante ellos sujetando las nuestras.
-¿Porqué tenemos que irnos otra vez a medianoche?- inquirí mirando a mi padre y preguntándome si marcharnos le pondría furioso, como sucedía tan a menudo. - Es el mejor momento para viajar- murmuró mi padre.
Me echó una mirada llena de ira con una rápida orden de no hacer demasiadas preguntas. Jimmy tenía razón. Papá tenía nuevamente esa mirada de locura, una mirada que no parecía natural y que me hacía sentir escalofríos en la columna vertebral. Odiaba que papá mirara de esa forma. Era un hombre guapo, con facciones acentuadas, de pelo castaño y lacio y unos ojos negros como el carbón. Cuando llegara el día que me enamorase y decidiera casarme, esperaba que mi marido fuera tan guapo como papá. Pero odiaba cuando se enfadaba, cuando ponía esa mirada de loco.
Estrpeaba sus atractivas facciones y lo afeaba, lo convertía en algo que no soportaba contemplar.

Dawn.

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